Durante la clase de cultura y
valores de tercero de ESO, el profesor intenta implementar una actividad
sirviéndose de recursos TIC: los alumnos deben hacer un test online que los
situará en una brújula política. Esto permite al profesor conocer los intereses
de la clase y explicar terminología política desde la óptica de la lucha y el
cambio social que hoy en día vivimos y no solo desde la mera vertiente teórica
de definir conceptos abstractos.
Durante la actividad, sin
embargo, las tecnologías resultan una distracción para el profesor ya que no da
abasto para resolver dudas y vigilar que se haga un uso debido del móvil u
ordenador en que los alumnos hacen el test.
En ese momento, Miguel (el
profesor) y yo decidimos hacer un ejercicio de codocencia, en que nos turnaríamos
para responder dudas y, a la vez, vigilar el aula: los resultados fueron que la
dispersión de la clase se minimizó, pudimos atender a todos los alumnos y no se
hizo apenas un mal uso de los dispositivos electrónicos.
La actividad era la misma, sin
embargo, el éxito de esta dependió completamente del ratio alumnos-profesores.
Para mí, este ejemplo ilustra las frustraciones propias de un docente que,
incluso dando sus mejores esfuerzos, se ve constreñido en su práctica docente
por trabas externas que no puede cambiar.
Los alumnos agradecieron mucho la presencia de dos profesores en el aula debido a que la actividad suscitó muchísimas dudas (''¿Por qué preguntan si la prostitución debería ser legal? ¿Cuáles son los pros y los contra?'', ''¿Qué significa intervencionismo estatal?''...) y usualmente cuando esto sucede el profesor solo puede responder a la mitad de la clase, dejando a la porción restante trabada en la actividad individual e incapaz de avanzar y realizar nuevos conocimientos.
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